Artículos, Teología Espiritual

Unidos en Él para ser uno entre nosotros (Parte II)

Jesús nos enseña a través de la oración hecha en Juan 17. Y en el artículo anterior, aprendimos a través de las implicaciones y las declaraciones hechas por Jesús, la necesidad que tenemos de amarnos, de ser tan unidos, y cómo es que la Redención de Jesús, debe implicar sí o sí, la unión entre los creyentes.

En el artículo presente, mostraremos las últimas implicaciones de la oración y la conclusión de la misma.

Oración por todos los creyentes

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.

La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.

Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.

Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste.” (vss. 20-25)


Jesús desea que todos los creyentes sean uno. Es interesante que hasta ahora, Jesús solamente haya mostrado que desea que seamos UNO entre nosotros mismos. Es hasta el final de la oración, donde Jesús, muestra que esta unión mutua entre creyentes, reflejará una realidad eterna: Al estar unidos entre nosotros, tanto como Jesús lo está del Padre, nosotros estaremos Unidos a Jesús, y a la vez, estaremos unidos al Padre.

Es difícil concebir, a la luz de toda esta oración, que sea posible una división tan recalcitrante entre los creyentes, basados en razones secundarias, que pueda superar al estar unidos por el amor de Jesús. La transversalidad del evangelio es una realidad. No es posible cortar la comunión entre nosotros, y aun así, seguir unidos a Jesús, y a su vez, estar unidos al Padre.


Cortar y dividir a la Iglesia, es mutilar el Cuerpo de Cristo, es destruir el templo del Espíritu, es atentar contra La Palabra de Jesús que “las puertas del infierno no se levantarían contra la Iglesia”, porque dicho levantamiento no vendría desde afuera, sino desde adentro, es intentar mutilar y quitar la vida a Jesús, y por tanto, cortar la comunión perfecta con El Padre.


No solamente eso, el desconocer la obra de Jesús en otros, es una muestra de mundanalidad, ya que los que son del mundo, son quienes no reconocerían a Jesús y por lo tanto a los discípulos.

Actualmente, en una sociedad culturalmente cristiana, es difícil que alguien no reconozca la grandeza de Jesús. Sin embargo, quienes no le conocen a manera de relación o como parte de una comunidad de fe, por “naturaleza” no reconocen al pueblo de Dios como tal. Esa misma actitud toma cualquiera que se llama creyente y que no sea capaz de hallar a Cristo en sus hermanos, tomando para sí, el “estandarte de la verdad” y no siendo capaz de ver más allá de sus prejuicios, dogmas o visión denominacional.

“para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (vs. 21)

Para que el mundo crea

Este es el propósito por el que Jesús ora por el mundo.

Que el mundo vea que Jesús está unido con Dios sin mostrarlo de una manera ajena o como lo hizo con Pablo, sería “fácil”. Todos creerían si Jesús se les apareciera como lo hizo con Pablo. Sin embargo, Jesús deja una responsabilidad grandísima a los creyentes. Jesús dice:

“Esperen, no vayan a creer que estoy pidiéndole a Dios que el mundo vea mi Unidad con El Padre y crean que yo los salvaré. Ustedes deben estar tan unidos entre sí como yo lo estoy al Padre. Al hacerlo, reflejarán nuestra unidad (del Padre y mía) y de ésta manera, mostrarán que ustedes y nosotros, estamos unidos. SOLA y UNICAMENTE así, el mundo verá mi Unión con El Padre.”


¡Qué bendición y dicha tan grande! ¡Qué responsabilidad tan enorme!

Nuestro evangelismo, buenas obras, predicaciones al aire libre, o de otra manera, vendrán a ser nada, si no estamos mostrando esa unión entre nosotros, de la manera en que Jesús y el Padre son uno.

El amor entre nosotros, como lo enseña en Juan 13, es la manera en que El Mundo comprobará que somos de Cristo, y solamente así, podrán creer en Él.

¿Podemos imaginarnos que nuestra unidad (o falta de ella) permitirá que la gente pueda creer en Jesús (o que crea que Él no es un Mesías verdadero, pues no puede hacer que los suyos se amen)?

El amor, es el inicio y el fin de todo.

El amor inicia cuando Dios manda a Su Hijo, cuando Su Hijo muere por amor. Cuando nos ama, y nos manda a amarnos, y al amarnos entre nosotros, mostramos el amor del Padre hacía con el mundo, y entonces, el ciclo se repite.

Conclusión:

Toda esta enseñanza y responsabilidad recae en un hecho importante: Es una oración que hizo Jesús.

El Padre en ningún momento rechazaría esta oración de parte de Su Hijo. Sin embargo no vemos en ocasiones que esa oración esté cumplida en nosotros. Con nuestros ojos humanos y limitados, podemos ver que nos congregamos, pero que nuestros corazones no son uno. ¿Fallaría la oración de Jesús? ¿Por qué sucede eso?

Creo que lo más doloroso y sencillo de pensar es que tal vez esa oración no está siendo eficaz en nosotros, y si esto sucede, debemos preguntarnos: ¿Somos ovejas del Señor? ¿Somos “suyos”? Cuando nos respondamos ésta pregunta, podremos acercarnos más al corazón del Señor, no sin antes también buscar la unión con los demás que aman al Señor. Con todo y sus defecciones personales.

Jesús amó a un Juan y un Santiago que querían un lugar de honor en el reino, y que querían mandar a matar personas. A un Pedro que prometía su fidelidad y que en el primer momento, negó al Señor. Jesús amó a un Judas que desde un principio sabía que le traicionaría. Jesús amó a un Natanael que lo menospreció al principio por ser de Nazaret. Jesús amó a los discípulos que, en su momento de dolor más grande, lo único que hicieron fue dormir en vez de orar con Él. Jesús amó a los discípulos que salieron huyendo en el momento en que Él estaba siendo capturado. ¿Tenemos algún mal mayor que nos haya hecho alguien? ¿Tenemos una razón mayor para no buscar la unidad de Jesús entre nosotros?

Cuando hagamos ésta unidad una realidad en nosotros, el simple hecho de compartir los alimentos, será una manera de testificar de Jesús tan eficaz, que lo que pudiera ser una campaña evangelística de sanidades entre personas que ni siquiera se pueden ver entre sí.

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